La popular fiesta de las fallas, tan arraigada en Valencia y que retrata su carácter noble y definido, propenso a la sátira y a la burla, es sin duda la costumbre más típica y que mejor exterioriza las genialidades mostradas en manifestaciones de alegría, donde queda bien patente el ingenio, el arte y el buen gusto de los valencianos para hacer más gratas y famosas sus fiestas.
La palabra falla pertenece al habla valenciana y significa hoguera de materiales combustibles que, encendida, levantan mucha llama. El propio rey don Jaime cita las numerosas fallas que al anochecer mandó encender delante de las tiendas de su campeonato para manifestar la presencia de su numeroso ejército ante Valencia. Después, la palabra falla surge en diversos conceptos, tanto literarios como descriptivos, especialmente como luminarias en acontecimientos de la ciudad, tanto civiles como religiosos.
Grandes hogueras y otras fallas, unas con toneles repletos de leña alquitranada, sostenidos en alto mediante largos maderos clavados en el suelo, otras con el mismo elemento combustible, se quemaban en la cima de los campanarios en victorias, y en las fiestas señaladas, en que se honraba la fiesta de algún santo o patrón, por ejemplo, en el dietario de Mosén Juan Porcar, capellán de la iglesia de San Martín de Valencia: “ A 20 de Abril de 1596 se feu la procesó de san Vicent Ferrer i en aquest día començaren a fer falles en unes graelles de ferro”.
Desde entonces, y como iluminación extraordinaria, estas parillas de hierro, sobre las que se depositaba el combustible de leña alquitranada, fueron utilizadas en cuantos acontecimientos celebraba la ciudad. Estas parrillas eran propiedad del consejo Municipal, quien las guardaba en un local de una calle, precisamente llamada les Graelles.
Aquellas fallas que mencionaban antiguos documentos, como iluminación extraordinaria en los grandes acontecimientos valencianos, había de tener continuación, pero en diferente forma y carácter, en las que luego se llamarían “falles de Sant Josep”.
De antiguo se cita la devolución al Santo Patriarca en Valencia. A comienzos del seiscientos, el santo arzobispo don Juan de Rivera, habiendo recibido un rescripto apostólico que correspondía a la petición de los jurados para que se concediera el que la fiesta de San José lo fuera de guardar, como los domingos y otras solemnidades, siempre que la ciudad lo pidiera y suplicase, como así lo acordó el consejo General de Valencia, en 26 de Noviembre de 1605, “en honor i obsequi de tan gran sant”.
El gremio de carpinteros, celebraba con esplendor, desde 1497, la fiesta a su santo patrono. Y de esta fiesta, surgieron las actuales fallas.
En aquella Valencia gremial y artesana, rodeada de sus murallas, cuando llegaba el otoño y la claridad de día era cada vez más corta, los carpinteros trabajaban de noche, y para iluminarse colgaban grandes candiles, alimentados con aceite sobre altos artilugios - se les denomina con diversos nombres: “estai, Perdomo, pagés, parot” -, que consistían en unos pies derechos de madera con varios brazos , que se usaban la temporada de vela, que discurría desde el día de San Miguel, el 29 de Septiembre, a la víspera de San José, 18 de Marzo. En este día, y con el fin de limpiar de virutas de madera inservibles en el taller, para proceder al adorno que se solía hacer del retablo con la imagen del santo patrono de los carpinteros y su fiesta, con su música de “dolçaina i tabalet”, los aprendices de los “fusters” eran, por lo regular, los que amontonaban los desperdicios del taller para quemarlos en la calle formando una gran hoguera, y en ella como principal elemento, el mencionado artefacto – “lo deia que el fusters cremen lo estay”, cita un curioso documento de últimos del siglo XV, que se consideraba ya un estorbo, prefiriéndose hacerlos de nuevo a guardarlos.
La quema de aquellas fallas producía el regocijo entre la chiquillería del barrio que, para que la hoguera tuviera mayores proporciones, recorría las calles con una vieja estera sobre la que depositaban muebles rotos y otros trastos inútiles que les hacian entrega el vecindario para ser incinerados en la falla. Un día, un monigote relleno con virutas o paja, que al principio cruzaba por el aire sobre el fuego de la hoguera, de unas a otras manos, si bien la mayoría de los historiadores opinan que fue el antiguo “estai” o “parot” el que fue vestido con ropas en desuso, creándose así la primera falla con figuras o “ninots”.
Se desconoce la fecha exacta en que surgieron estas fallas, y la primera vez que se menciona en letra de imprenta es más bien para criticarla en el año 1792. Fue en el “Diario de Valencia” que se editó en la ciudad de Valencia en 2 de Junio de 1790. Este diario, en el número correspondiente al 18 de Marzo de 1792 publicó una larga crónica del fraile carmelita aragonés, Manuel de Santo Tomas Traggia y Uribarri, que por aquella época se hallaba en Valencia. El padre Traggia, contestaba que le diría al escrito que le dirigía un lector, en carta firmada con el seudónimo “Bonifacio Christiano”, lamentando “la poca veneración que tributamos al patriarca San José y de los dañosos excesos que se comenten en su víspera y día.
El periodista hacia clara alusión un su larga crónica a las fallas de entonces, aún cuando no las cita con este nombre: “Sobrada razón tienes, buen Christiano, para llenarte de tristezas cuando notas en nuestras calles y plazas tantas piras, cuantos son los figurones que en estos días se te presentan ridículamente vestidos, entreteniendo la mayor parte del pueblo con sumo olvido de nuestras obligaciones, con tal abandono de las familias y con pérdida notable de jornales”. El padre Traggia lamentaba, además, que a pesar del tiempo de Cuaresma era mayor el abuso de las gentes en la diversión, no había “templanza” en la comida y “el pueblo en estos días corre con precipitación a tributar incienso a los becerrillos de oro, en esos fantasmas de la falsa devoción.
Las fallas que al principio eran un montón informe de maderas y trastos viejos, con monigotes burdamente confeccionados, van perfeccionándose al llegar al ochocientos. El escritor Alexandre de Laborde estuvo en Valencia antes de 1808 y conoció la fiesta de las fallas en aquel tiempo. En su libro menciona a las fallas así: “Fiesta de San José. Todos los años, el 18 de Marzo, víspera de San José, todos los ebanistas y carpinteros realizaban en las calles, cada uno ante la puerta de su tienda, representaciones verdaderamente teatrales: son estas figuras de tamaño natural, cubiertas por vestidos del carácter que se las quiera hacer representar. Consisten en armazones de madera muy ligera: una mascara forma un rostro, sus vestidos, peinados, y adornos son de papel, a menudo ejecutados con mucha destreza. Estas figuras están colocadas sobre una gran pira que está oculta, rodeada hasta su altura por un espeso cerco de falsos adornos artísticamente colocados”. A la descripción de las fallas el viajero francés agrega lo que representaban en aquella época. Y menciona que se veían escenas muy bonitas, como “un Baco a horcajadas sobre un tonel; una familia reunida para matar el cerdo”, un español y una española danzando el bolero acompañados por un tocador de guitarra; un gigante vestido a la holandesa y haciendo bailar un oso, mientras otra figura toca un tambor”. Y puntualizaba: “Al llegar la noche se prende fuego; en un instante la representación desaparece en medio de las llamas. A estas representaciones se les llama fallas de San José”.
La fiesta causó a Alexandre Laborde grata impresión. Y cita al contemplar la importancia de la fiesta: “El pueblo se apresura; las personas de posición mas elevada se mezclan con el pueblo; acude gente de todas…
Después de la guerra de la Independencia, las fallas tuvieron tema suficiente para desarrollar la sátira intencionada.
Después de sufrir largos periodos de crisis, debido a los continuos acontecimientos políticos, luchas y conspiraciones, la fiesta de las fallas logró reavivar la llama de su entusiasmo popular y surgió de nuevo con ímpetu, merced a la competencia de las comisiones formadas por alegres vecinos, que se encargaban de recoger fondos para que la falla y sus aditamentos de música y tracas, mantengan con alborozo la fiesta.
El historiador y cronista de Valencia, Vicente Boix, hace la primera propaganda turística fallera, en su obra “Manual del Viajero y Guía de los forasteros en Valencia” publicada en 1849:
“Marzo – Se levantan los vientos, cúbranse de polvo nuestras calles; pero no os arderé el tiempo inconstante y la víspera de San José por la noche acudid a las hogueras (falles). Por burlar a los moriscos los antiguos valencianos han transmitido de generación en generación la costumbre de encender esta noche grandes hogueras, donde se arrojaban extraños monigotes, pero que ahora se plantan encima de ellas; representando figuras alusivas ciertos tipos o escenas de costumbres, ya en buenos bultos, ya en trajes grotescos, y las paredes inmediatas y el pedestal de las figuras llenas de décimas picantes, de octavas satíricas y letrillas picarescas. Y una hora antes de prender fuego por medio de cohetes voladores, de luces de colores, música militar, música del país, citas, amores, encuentros, algazara, gente que grita, gente que se burla de otra gente, muebles viejos, de los cuales y entre el huso denso de aquel montón chiquillos saltando, y mozalbetes azuzando a los chiquillos y en todas partes os hallareis bien”.
Aquel año de 1849, la prensa valenciana, ponía de manifiesto el renacimiento con esplendor de la fiesta fallera, después de la larga crisis. Así lo mencionaba el diario local “El Cid”, en su número correspondiente al 19 de Marzo de 1849: “Aunque todos los años aparecen novedades, más o menos chocantes, más o menos exóticas, el presente ha sido un desbordamiento, un furor de falles”.
Este renacimiento de la fiesta fallera llevó a la reglamentación de la misma por la primer autoridad municipal, que dictó un bando para su conocimiento. Fue el 16 de Marzo de 1851.
Era costumbre antigua la colocación de versos sobre paneles en el pedestal fallero y en las paredes de las fachadas de las casas alrededor de las fallas. Eran versos sobre paneles en el pedestal fallero y en las paredes de las fachadas de las casas alredor de las fallas. Eran versos irónicos, mordaces, alusivos al asunto de la falla, escritos por anónimos poetas del barrio, y también por otros que gozaban de prestigio en la literatura popular, como lo era en su tiempo José Bernat y Baldoví, quien venia realizando los graciosos versos y el argumento satírico de las fallas que se plantaban en “placeta de l´Almudí”. En 1855, los falleros de esta típica plaza de Almudín, acordaron que los versos con la explicación de la falla se imprimieran en un cuadernillo y que se pusieran a la venta alrededor de la falla. Y así nació el primer “llibret de falla”.
Desde entonces los falleros publicaron sus “llibrets” con la “explicació i relació de lo que conté la falla”, escritos sin nombre del autor, en algunos casos realizados por escritores y poetas de prestigio, sobre todo desde 1903 en que la sociedad de Lo Rat Penat – a la que se le agregaría años después el Ayuntamiento - crea premios a los mejores “llibrets” aumentando así la calidad poética, sin perder la sátira graciosa de los de antaño.
Los motivos políticos, que tanto abundaban en aquella época: los temas más destacados de la vida de la ciudad y, desde luego, los del barrio y el vecindario, proporcionaron material para la crítica y la burla en las fallas, que fueron aumentando en número de años sucesivos. Algunas críticas, tanto locales como nacionales, eran tan fuertes en el Ayuntamiento a primeros de 1872, acordó que, además de solicitarse el permiso para plantar falla, había de acompañarse un dibujo de esta, abonándose con ello cinco pesetas. Impuesto que se exigía por primera vez. El cual se aumentaría después a diez, quince, y en 1882, a treinta pesetas, cantidad que se consideraba excesiva para aquellos tiempos, por lo que fue la causa de que la fiesta fallera decayera, reduciéndose el número de fallas. Hubo propuestas por el citado impuesto, pero el Ayuntamiento no cedió; es más, en 1885, un grupo de concejales, considerándose que “las fallas era una fiesta inculta, impropia de una capital seria y de primer orden”, solicitaba la desaparición del festejo, y aún cuando no se llevó a efecto, el Ayuntamiento acordó elevar a sesenta pesetas la licencia para instalar una falla, lo que dio lugar a que aquel año solo hubiera una falla, instalada en la calle Cervantes, y ninguna en el siguiente año.
La prensa valenciana arremetió contra aquel impuesto, “que había conseguido matar en dos años una alegre, característica e inocente tradición valenciana”. Y aquella protesta dio su fruto y en la fiesta fallera de 1887. Félix Pizcueta, redactor de “El Mercantil Valenciano” rebajará de sesenta a diez pesetas. El entusiasmo fallero surgió espléndido, y aquel año se plantaron 30 fallas, cantidad no conocida hasta entonces.
En aquel renacer optimista de la fiesta fallera se otorgaron por primera vez los tres premios a las fallas. Fue iniciativa del semanario: “La Traca” que dirigía el escritor Manuel Lluch Soler, quien realizó una ingeniosa cuestación entre los Pepes y Pepitas para adjudicar estos premios, que consistían en costear la banda de música, y una larga traca, a las fallas que mas se distinguieran por su ingenio y su gracia, en aquel año de 1887.
La fiesta fallera se mantenía desde entonces con tal entusiasmo que, en 1892 se introduce la novedad de que las fallas, en vez de quemarse el día 18 de Marzo, como tradicionalmente se venia haciendo, se realizan la noche del día 19 de Marzo, fiesta de San José, fecha que quedaría ya como definitiva.
Después, las fallas adquieren nueva orientación, con mejoras artísticas. El año 1894 se fundaba el círculo de bellas artes, quien se interesó por la fiesta fallera. Los socios de la entidad, que ya venían de antiguo construyendo fallas, lograban darles mayores gracias, ingenio, arte, tamaño y altura. Ya no era el clásico tablado con escasos y burdos monigotes de antaño. Había mejorado la forma decorativa, y las figuras, bien vestidas, tenían modeladas las cabezas y manos de cartón, y también de cera pintadas adecuadamente, realizadas por profesionales del arte, cuya competencia se avivó al crear, en 1895, la sociedad de amadores de las glorias valencianas “Lo Rat Penat”, un premio honorífico que consistía en un artístico estandarte concedido a la falla que se consideraba mejor y mas ingeniosa.
Al llegar el nuevo siglo, el Ayuntamiento decidió colaborar también a la labor que habían iniciado el círculo de Bellas artes y Lo Rat Penat, ofreciendo, además de un estandarte, un premio en metálico que consistía en cien pesetas, concedido en 1901 por primera vez en la historia de las fallas. Premio que, en el transcurso de los tiempos, seria aumentando de manera notable en número y cantidad, y que seria acicate para que las comisiones falleras y los artistas iniciaran afortunadamente un aumento progresivo y valioso en la calidad y cantidad de fallas plantadas en las calles de la ciudad. Bien es verdad que la abundancia de temas, tanto locales, nacionales y hasta del extranjero, proporcionaban materia suficiente para la critica en las fallas, dando motivo a la evolución de la fiesta, que alcanzó su mayor esplendor en los años veinte.
La Sociedad Valenciana Fomento del turismo, que venía observando la exuberancia de las fallas, juzgó el ambiente propicio para iniciar gestiones que lograban un aumento de visitantes a la fiesta fallera, mediante la organización de viajes por ferrocarril, con rebajas de tarifas, lo que consiguió en 1927, procedente de Madrid el “primer tren fallero”, al que se dispensó un recibimiento triunfal, con una muchedumbre endurecida que aplaudía a los viajeros entre sones de las bandas de música y los estampidos de las detonantes tracas. Los valencianos advirtieron en aquella muchedumbre de forasteros, que las primitivas dimensiones callejeras atraían el interés de otras ciudades; los forasteros notaban en la actitud de los valencianos, que la ciudad del Turia tenía los brazos abiertos. Y a partir de aquella fecha, fue aumentando la afluencia de visitantes atraídos por la grata resonancia de la fiesta. Así, el florecimiento y esplendor se producía en 1929. “Trenes falleros” procedentes de diversas provincias y otros medios de locomoción llegaron a Valencia. Por primera vez se habían editado carteles a todo color, del original realizado por el ilustre pintor José Segrelles. También por primera vez se incluyó la fiesta taurina, con tres corridas de toros. Y, asimismo, por primera vez se plantaban en las calles y plazas de la ciudad.
En el año 1930 había renacido el Comité Central Fallero, nutrido con representantes de las comisiones falleras que en los diversos barrios laboraban por la fiesta. La nueva entidad fallera, observando la importancia cada vez mayor que iban adquiriendo las fallas y los festejos desarrollados alrededor de ellas, creó la Semana Fallera con nuevos alicientes como la “crida”, “la exposición del ninot”, cabalgata fallera, concurso de bandas de música, “nit del foc”, con abundancia de fuegos artificiales, corridas de toros, todo ello presidido por la Fallera Mayor, que por primera vez se eligió en 1931, recayendo en la bella joven Ángeles Algarra.
La fiesta fallera siguió espléndida con creciente alegría y animación hasta Marzo de 1936. Después, en Julio de aquel año, se produjo el paréntesis correspondiente a los acontecimientos bélicos que se desarrollaron en España hasta el año 1939. No se celebró la fiesta de las fallas durante esos años. Y en 1940, hecha la paz, surge de nuevo alegrando las calles y plazas de la ciudad, remontando sucesivamente el numero y la calidad de las fallas, con nuevos alicientes –tan bellos y emotivos como la ofrenda de flores a Nuestra Señora de los Desamparados, Patrona de Valencia; espectacular desfile de falleras y falleros, ataviados con el traje típico, que se inició en 1941-, dando fama y celebridad tal que, en 16 de Marzo de 1946, firmado por el Ministerio de Educación Nacional, don José Ibáñez Martín, el “Boletín Oficial del Estado” publicaba lo siguiente:
El festejo de las Fallas de Valencia ha venido a ser humilde manifestación callejera en los siglos gremiales, que se utilizaba para las sátiras del vecindario, una de las más importantes y famosas manifestaciones de arte de cuantas se celebran en España y en el resto del extranjero.
Poco a poco, a las notas de ingenio y a los modestos atisbos artísticos, se han ido sumando elementos de gran arte y primores de una magnifica artesanía. Valencia vive todo el año para las Fallas y la gran actividad oculta en tantos desvelos estalla en el día de San José con la exhibición de verdaderas maravillas de fastuosidades y de ingenio que al ser entregadas jubilosamente a las llamas constituyen una de las más brillantes, alegres y ruidosas fiestas que se pueden presenciar en el mundo.
La expansión ha sido tan grande e imitada que, en ocasiones, los residentes valencianos han levantado fallas, dando a conocer la típica fiesta valenciana, en países de Europa y América. La fiesta es ya internacional, espléndida, es un derroche de arte, ingenio y gracia, mostrando en la naciente primavera, la luz, el color y la alegría de Valencia.
Hoy por hoy se considera la segunda fiesta de mayor interés turístico del mundo, después del Carnaval de Río de Janeiro y va a más.
(Continuará)
(Texto Extraido del Libro “Historia gráfica de las Fallas”
Autor: Vicente Vidal Corella)
Resumido por Pizo.







